0 reproducciones

Hola pues acá les dejo otro podcast, esta vez con mas creatividad y mayor calidad espero que les guste.

0 reproducciones

Bien viajado platicando conmigo mismo es para mi pero escúchenlo si quieren.

Las enseñanzas de Don Juan

Hablaban en 

italiano y repetían continuamente una frase sobre la estupidez de los tiburones. El tema me 

pareció lógico  y coherente. Yo había dicho antes a don Juan que los primeros españoles 

llamaron al río Colorado, en Arizona, “el río de los tizones”, y alguien escribió o leyó mal 

"tizones" y el río se llamó "de los tiburones". Me hallaba seguro de que discutían esa anécdota, 

pero nunca se me ocurrió pensar que ninguno de ellos sabía italiano.

Tenía un deseo muy fuerte de vomitar, pero no recuerdo el acto en sí. Pregunté si alguien me 

traería un vaso de agua. Experimenté una sed insoportable.

Don Juan trajo una cacerola grande. La puso en el suelo junto a la pared. También trajo una 

taza o lata pequeña. La llenó en la cacerola y me la dio, y dijo que yo no podía beber: sólo debía 

refrescarme la boca.

El agua parecía extrañamente brillante, reluciente, como barniz espeso, Quise preguntarle de 

ello a don Juan y laboriosamente traté de formular mis pensamientos en inglés, pero entonces 

tomé conciencia de que él no sabía inglés. Experimenté un momento muy confuso y advertí el 

hecho de que, aun habiendo en mi mente un pensamiento muy claro, no podía hablar. Quería 

comentar la extraña apariencia del agua, pero lo que sobrevino no fue habla; fue sentir que mis 

pensamientos no dichos salían de mi boca en una especie de forma líquida. Era la sensación de 

vomitar sin esfuerzo, sin contracciones del diafragma. Era un fluir agradable de palabras 

líquidas.

Bebí. Y la impresión de que estaba vomitando desapareció. Para entonces todos los ruidos se 

habían desvanecido y hallé que me costaba trabajo enfocar las cosas. Busqué a don Juan  y al 

volver la cabeza noté que mi campo de visión se había reducido a una zona circular frente a mis 

ojos. Esta sensación no me atemorizaba ni me inquietaba; al contrario, era una novedad: me era 

posible barrer literalmente el terreno enfocando un sitio y luego moviendo despacio la cabeza 

en cualquier dirección. Al salir al zaguán había advertido que todo estaba oscuro, excepto el 

brillo distante de las luces de la ciudad. Pero dentro del área circular de; ni visión todo era claro. 

Olvidé mi interés en don Juan y los otros hombres, y me entregué por entero a explorar el 

terreno con un enfoque absolutamente preciso.

Vi la juntura de la pared y el piso del zaguán. Lentamente volví la cabeza a la derecha, 

siguiendo el muro, y vi a don Juan sentado contra él. Moví la cabeza a la izquierda para enfocar 

el agua. Hallé el fondo de la cacerola; alcé ligeramente la cabeza y vi acercarse un perro negro 

de tamaño mediano. Lo vi venir hacia el agua. El perro empezó a beber. Alcé la mano para 

apartarlo de mi agua; enfoqué en él mi visión concentrada para llevar a cabo el movimiento de 

empujarlo, y de pronto lo vi transparentarse. El agua era un líquido reluciente, viscoso. La vi 

bajar por la garganta del perro al interior de su cuerpo. La vi correr pareja a todo lo largo del 

animal y luego brotar por cada uno de los pelos. Vi el fluido iridiscente viajar a lo largo de cada 

pelo individual y proyectarse más allá de la pelambre para formar una melena larga, blanca, 

sedosa.

En ese momento tuve la sensación de unas convulsiones intensas, y en cosa de instantes un 

túnel. se formó a mi alrededor, muy bajo y estrecho, duro y extrañamente frío. Parecía al tacto 

una pared de papel aluminio sólido. Me encontré sentado en el piso del túnel. Traté de 

levantarme, pero me golpeé la  cabeza en el techo de metal, y el túnel se comprimió hasta 

empezar a sofocarme. Recuerdo haber tenido que reptar hacia una especie de punto redondo 

donde terminaba el túnel; cuando por fin llegué, si es que llegué, me había olvidado por 

completo del perro, de don Juan y de mí mismo. Me hallaba exhausto. Mis ropas estaban 

empapadas en un líquido frío, pegajoso. Rodé en una y en otra dirección tratando de encontrar 

una postura en la cual descansar, una postura en que mi corazón no golpeara tan fuerte. En una 

de esas vueltas vi de nuevo al perro.18

Los recuerdos regresaron en el acto, y de improviso todo estuvo claro en mi mente. Me volví 

en busca de don Juan, pero no pude distinguir nada ni a nadie. Todo cuanto podía ver era al 

perro, que se volvía iridiscente; una luz intensa irradiaba de su cuerpo. Vi otra vez el flujo del 

agua atravesarlo, encenderlo como una hoguera. Me llegué al agua, hundí el rostro en la 

cacerola y bebí con él. Tenía yo las manos en el suelo frente a mí, y al beber veía el fluido 

correr por mis venas produciendo matices de rojo y amarillo y verde. Bebí más y más. Bebí 

hasta hallarme todo en llamas; resplandecía de pies a cabeza. Bebí hasta que el fluido salió de 

mi cuerpo a través de cada poro y se proyec tó al exterior en fibras como  de seda, y también yo 

adquirí una melena larga, lustrosa, iridiscente. Miré al perro y su melena era como la mía. Una 

felicidad suprema llenó mi cuerpo, y corrimos juntos hacia una especie de tibieza amarilla 

procedente de algún lugar indefinido. Y allí jugamos. Jugamos y forcejeamos hasta que yo supe 

sus deseos y él supo los míos. Nos turnábamos para manipularnos mutuamente, al estilo de una 

función de marionetas. Torciendo los dedos de los pies, yo podía hacerle mover las patas, y 

cada vez que él cabeceaba yo sentía un impulso irresistible de saltar. Pero su mayor travesura 

consistía en agitar las orejas de un lado a otro para que yo, sentado, me rascara la cabeza con el 

pie. Aquella acción me parecía total e insoportablemente cómica. ¡Qué toque de ironía y de 

gracia, qué maestría!, pensaba yo. Me poseía una euforia indescriptible. Reí hasta que casi me 

fue imposible respirar.

Tuve la clara sensación de no poder abrir los ojos; me encontraba mirando a través de un 

tanque de agua. Fue un estado largo y muy doloroso, lleno de la angustia de no poder despertar 

y de a la vez, estar despierto. Luego; lentamente, el inundo se aclaró y entró en foco. Mi campo 

de visión se hizo de nuevo muy redondo y amplio, y con ello sobrevino un acto consciente 

ordinario, que fue volver la vista en busca de aquel ser maravilloso. En este punto empezó la 

transición más difícil. La salida de mi estado normal había sucedido casi sin que yo me diera 

cuenta: estaba consciente, mis pensamientos y sentimientos eran un corolario de esa conciencia, 

y el paso fue suave y claro. Pero este segundo cambio, el despertar a la conciencia seria, sobria, 

fue genuinamente violento. ¡Había olvidado que era un hombre! La tristeza de tal situación 

irreconciliable fue tan intensa que lloré.